—¿Pero es que usted no cree—gritó Maldonado—que todo el que nace tiene derecho á vivir?

—No sé—contestó el jorobado—; las vacas también nacen y deben tener derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.

Se echaron todos á reir.

—Es que se va de la cuestión—dijo Prats.

—No—replicó el jorobado—, es que á mí las pamplinas me hacen la santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice na. Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, y pa mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. ¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni más filosofía que eso.

—Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible—dijo Maldonado.

—Yo encuentro que tiene razón—exclamó el Libertario.

—Sí, desde su punto de vista sí—añadió Juan.

—De esa manera de pensar—repuso el Libertario—son la mayoría de los españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.

El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta modestia añadió al cabo de un rato: