—Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.
—Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á impedir que el hijo herede al padre?—preguntó Maldonado.
—Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.
—Con la anarquía no habrá holgazanes—dijo Prats.
—¿Y por qué no?
—Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.
—¿Por qué?
—Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros tampoco.
Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.
—¿Y el que guarde dinero?—preguntó el jorobado.