Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.

—Eres un sinvergüenza—exclamó Manuel—, un borracho indecente.

—¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia muy grande; porque tengo una sed...

—Sí, una sed de vino y aguardiente.

—Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un huérfano...

—Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!

—¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande, si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...

—Yo creo que lo que tú tienes mayor es la asaúra.

—Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo; pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.

—Ni me importa.