—Y tú, ¿por qué no te emborrachas?

—Porque no quiero.

—Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una tristeza muy honda...

—Sí; soy un pobre huerfanito como tú.

—No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa..., porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya no sabes hacer nada sin ella.

—Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?

Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque lo mataran.

—¡Anda, no seas estúpido!—le dijo Manuel—; te voy hacer andar á patadas.

—Pégame; pero no me voy.

—Pero, ¿qué quieres hacer?