—No debe faltar mucho.
Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis, cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya que no podía, le tenía todo sin cuidado.
—¿Y qué vas á hacer?—le preguntó Manuel.
—Dejaré la casa y buscaré otra.
—Lo que vamos á hacer—dijo Jesús—es irnos los tres á cenar ahora mismo.
—Bueno; vamos donde queráis—exclamó la muchacha, y se agarró del brazo á Manuel y á Jesús.
—¡Bravo!—gritó Jesús—. ¡Olé por las mujeres valientes!
Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.
—Un día es un día—murmuró—. Vamos allá—; además, la muchacha era agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.
—¿De modo que vas á dejar á tus amos?—preguntó Manuel.