—¿Y qué hizo usted?

—Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente, hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días, echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.

—¿Pero tan desesperada estaba usted?—preguntó la criada.

—Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no estarás peor que así...

Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.

—¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?—preguntó Manuel á la mujer.

—¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy anemia. Además, está una acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo leche. Con tu permiso, rubia—dijo á la criada—y se desabrochó la blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.—Ahora, que esto debe estar envenenado—añadió—. Si yo pudiera colocar á mi hija en un taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se empieza la vida mal...

La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:

—¡Socorro! ¡Socorro!

—¿Qué le pasa á ese hombre?—preguntó Manuel, y salió al pasillo de la taberna.