—¡Socorro! ¡Socorro!—seguía gritando Jesús.

Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.

—¿Qué hay?—le dijo.

—No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.

Entraron en la cocina de la taberna.

—Dejadme salir—gritaba Jesús—. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado la puerta.

Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.

—Pero si la puerta está abierta—dijo el muchacho—; y efectivamente, la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.

Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.

Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse de que estaba abierta, y no replicó.