—Yo, á mi casa.

—¿No quieres venir conmigo?

—No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?

—Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!

La muchacha se detuvo; luego llamó:

—¡Manuel!

—Anda á paseo.

—¡Manuel!—volvió á llamar.

—¿Qué quieres?

—El domingo que viene ¡espérame!