—En dónde.

—En casa de mi hermana.

La muchacha dió las señas de su casa.

—Bueno. ¡Adiós!

La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla; pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara, dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad triste de la mañana.

—¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?—preguntó la Salvadora.

—No.

Y contó lo que había pasado con Jesús.

Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo; un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le dirigía largos discursos.