—No nos convenceríamos.

—¿Por qué?

—Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa lo mismo.

—No, á todos no.

—A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace el Jerez fuerte y el Rhin suave.

—Pero hay anarquistas alemanes.

—Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.

—Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?

—Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista, protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar, al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.

—¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?