—Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho, el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene la sociedad.
—¿El despotismo?
—El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería un bien.
—¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.
—Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer á la violencia.
—Es usted más anarquista que yo—dijo riéndose Manuel—. ¿Usted cree de veras en esa dictadura?
—Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...
—Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.
—Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.
—Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.