—¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta, por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años, volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda transportar y distribuir con un precio económico, las grandes aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo progresivo, hoy en España sería un bien.
—Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.
—Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad, y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.
—No, no me olvidaré.
—Bueno. ¡Adiós, Manuel!
—¡Adiós, don Roberto!
—Y en eso de la anarquía, tómalo como sport; no te metas demasiado.
—¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.
—Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!
Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á trotar por la calle.