Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se arrullaban las palomas...

A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus preocupaciones.

Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos; había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida, interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.

—Sin embargo—decía—habrá que resolverse.

Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.

—En fin—murmuraba Manuel—, esperaremos á que se arregle la cuestión económica.

En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se ruborizaba y sonreía turbada...

Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.

—Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado por el campo.

—¿A dónde irá ese hombre?—preguntó Manuel.