En aquel punto sonaron las horas.
Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste, rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el viento trajo un rumor lejano de voces.
—Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado—decía una voz—, y yo iré á la calle de la Palma.
—Bueno—contestó la otra voz.
—Y por la tarde, en el cafetín.
Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba cerrada, pero el balcón había quedado abierto.
—Vamos á ver si tengo pulso—se dijo Manuel, y se encaramó por la reja del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...
Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha quedó aterrada.
—Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?
—Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?