—¿Quién dice eso?—preguntó Jesús inquieto.
—Eso han dicho en la calle unas mujeres.
—¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada—murmuró Jesús.
—Pueden robar lápidas de mármol—replicó Manuel—, garras de ataúdes, crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.
—¿Y para qué van á robar eso?—repuso Jesús cándidamente.
—¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.
—Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.
—¿Por qué?
—Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del conserje.
—Yo también he oído—añadió la Ignacia—que en este campo santo se robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de una niña.