—Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche, la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.
—¿Quién sería ese señor?—preguntó la Salvadora.
—Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías—exclamó Jesús incomodado—. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?
—La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo decía—contestó la Ignacia.
—La señora Jacoba estaría idiota.
—No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los untos—añadió la hermana de Manuel.
—Usted también es imbécil—gritó furioso Jesús—. ¿Usted cree que los muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.
—Bueno, no grites tanto—replicó Manuel—; que roban y que se han llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será mentira.
Jesús se calló.