Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran incomprensibles.

—¿Y no tienes familia, compañero?—le preguntó alguno.

—Sí—contestó él—, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis hermanos, ahorcados en un jardín reducido.

Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y cantó la canción del Pere Duchesne, á la cual el terrible anarquista había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en Montbrison.

Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:

Peuple trop oublieux
Nom de Dieu.

Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra, y todo esto acentuado por vigorosos Nom de Dieu. Terminaba la canción, diciendo:

Coupe le curé en deux
Nom de Dieu
Et le bon Dieu dans la merde
Nom de Dieu
Et le bon Dieu dans la merde.

Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de café-concierto de Bruant y de Rictus...

Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de castellano, de italiano y de francés.