Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación en el crimen; pero al último confesó la verdad.

El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.

Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero. El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó en el Soto.

Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.

Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco. Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez en el puente de Vallecas y otra en la California.

—Usted—le dijo Ortiz á don Alonso—hace lo que yo le diga, nada más.

—Está bien.

—Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.

El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.

—¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?—le dijo Ortiz á Don Alonso.