En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.

—Ahí está—dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los amigos.—Ese es.

Se acercó á saludarle.

—Que hay, compadre—le dijo dándole la mano—. ¿Cómo estamos?

—Bien y usted.

—Estos—advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á Caruty—son amigos míos.

—Por muchos años—contestó él—. Vamo á tomá una copa—añadió con acento andaluz cerrado.

—Nos sentaremos un rato—saltó Manuel.

—No; hablaremo en casa.

Bebieron una copa y salieron á la calle.