—¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?—preguntó el Libertario.
—Sí, señó.
—Mal oficio tiene usted, paisano.
—Malo é—contestó él—, pero peó é morirse de jambre.
Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño, iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.
Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa, una seriedad fatídica.
El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido el Bizco.
—Esté usté sin cuidao—dijo el verdugo—; si yega el caso, se hará tó lo que se pueda.
—Y antes de ser ejecutor—le preguntó de pronto el Libertario—, ¿ha probado usted otras cosas?
—¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años; he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no podía viví.