—¿Anarquista? No sé lo que es eso.
—Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?—preguntó el Libertario.
—Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy como el de antes que les hasía sufrí á posta.
—¿Pero eso es verdad?—dijo Juan.
—Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.
—¡Qué barbaridad!—exclamó el Libertario—. Y todos van templados, ¿eh?
—Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!—le dije—. Compare; soy el ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda, ponte esto—y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te perdono—me dijo—, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y buena suerte!» Era un hombre el Diente.
—Y tal... que debía ser un hombrecito—dijo el Libertario sonriendo.
—Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.
La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al verla.