—¿Y el aparato, cómo es?—dijo el Libertario.

—El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone así—y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano ancha y velluda—, y luego se hase ¡crac! y ya está.

Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.

—Ya ve usted—siguió diciendo el verdugo—, estas correas las he tenío que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo, ¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo, y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno—dije—, ya que ha de sé uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví; que si no fuera por eso...

El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:

Mala puñalá le den
Mala puñalá le diera.

—Como uno de los tío de la taberna de esta calle—siguió diciendo al volver y sentarse—, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté, compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo un ofisio mardesío...

Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el arrechucho y siguió diciendo:

—¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión. A mí, si me dejasen, haría también dinero.

—¿Pues qué haría usted?—le dijo Juan.