—¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.

Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La idea era macabra.

Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la vecindad.

—Vámonos—dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el cielo obscuro y sombrío como una amenaza.

—Dicen que es necesaria la pena de muerte—murmuró Juan—. Nosotros, los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad vosotros.

—Mientras haya desdichados con hambre—repuso el Libertario—habrá hombres capaces de ser verdugos.

—¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?—dijo Juan—. Una huelga de verdugos sería curiosa.

—Sería quitar un puntal á la sociedad—, repuso el Libertario—. El verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los sostenes de esta sociedad capitalista.

—¿Cuánto durarán todavía los verdugos?—preguntó el Bolo.

—Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten, mientras los curas engañen...—contestó con voz sombría el Libertario—los habrá.