Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet. Al ver aquel tipo la Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á las dos mujeres.
El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio, según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después, viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita; pero delante de los socialeros, de las adormideras del socialismo, defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.
En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos habían quitado toda la masa obrera al partido republicano, inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla, que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.
La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos ellos con entusiasmo y con respeto...
Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la Historia de la Revolución. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau, luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo prusiano.
Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella historia. Algunas veces pensaba:
—Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la Historia de la Revolución Francesa, creo que sabría ser digno...
Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48; luego otro sobre la Commune, de Luisa Michel, y todo esto le produjo una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres! Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui, Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!
—Lo que se debía hacer—le dijo un día Morales á Manuel—es poner una encuadernación aquí al lado.
—¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?—preguntó Manuel.