—¡Ah!, entonces... entonces es otra cosa... estás en tu derecho.
Al decir esto el de los bigotes sonrió. A primera vista era un hombre imponente, pero al hablar se le notaba en los ojos y en la sonrisa una gran expresión de bondad.
—¿Y qué vas á hacer en Barcelona?
—Quiero ser dibujante.
—¿Sabes algo ya del oficio?
—Sí; algo sé.
Fueron así charlando, atravesaron unos pinares en donde el sol brillaba espléndido, y se acercaron á un pueblecillo que en la falda de una montaña se asentaba. Juan, á su vez, hizo algunas preguntas acerca del nombre de las plantas y de los árboles á los guardias. Se veía que los dos habían trocado el carácter adusto y amenazador del soldado por la serenidad y la filosofía del hombre del campo.
Al entrar en una calzada en cuesta, que llevaba al pueblo, se les acercó un hombre á caballo, ya viejo, y con boína.
—Hola, señores. ¡Buenas tardes!—dijo.
—Hola, señor médico.