—Jacob.
—¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?—preguntó Manuel.
—Sí.
—Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.
Le indicó el propietario de La Tijera, órgano de los sastres, dónde estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.
Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo. A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin cubierta aún.
En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del oficio.
Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego, cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio, presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era más cara; además, había que hacer gastos.
—Bueno—le dijo Manuel—, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no vayas.
Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á establecerse en la vecindad de Manuel.