Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.
Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en las discusiones.
Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.
De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico; como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo encontraba imposible de llevarlo á la práctica.
Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la revolución social.
El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de autoridad.
La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo, la bondad...
El progreso no era más que esto: la supresión del principio de autoridad por la imposición de las conciencias libres.
Manuel, algunas veces decía:
—Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.