Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los truts, absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.
Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos, expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos, abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola, lo que apresuraría la revolución social.
Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera República.
—En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión—decía Manuel—; á la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.
—Yo no veo la necesidad del Estado—decía Juan.
—Pero el Estado se impone—replicaba Morales—. Nosotros no decimos un Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército; sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.
—¿Pero para qué queremos ese centro?
—Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir el desarrollo de los egoísmos.
—Vamos entonces al despotismo—replicaba Juan.
—No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles; el Estado le entierra gratis cuando se muere...