Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron contemplándolos.
—Esta es Luisa Michel—dijo Prats.
Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine, calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki, con su tipo innoble y repulsivo.
Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera nadie.
—Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro—dijo Manuel.
Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la contestación.
Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.
Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de Grau á tomar parte en la reunión.
El Madrileño despotricó contra Grau.
—Es un vividor—dijo—, un farsante vendido al gobierno.