—No—replicó el Libertario—, es un temperamento de burgués, que vende su periódico como otro vende pastillas de chocolate.

—Sí—dijo el Madrileño—; pero cuando uno tiene un temperamento de burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro cuartos.

—Grau será lo que se quiera—dijo Prats—; pero es una persona honrada y decente. En cambio, el director de El Libertario, es un miserable, una cucaracha, un reptil.

—¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!—replicó el Madrileño—, por eso le defiendes á ese farsante!

—¡Farsantes, vosotros!

—Si estáis todos vendidos al gobierno.

—Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo anarquista—gritó Prats enfurecido—. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico por hablar bien de Dato?

—Y vosotros—exclamó el Madrileño—¿qué cobrásteis por la campaña rabiosa que hicísteis contra los republicanos?

—La hicimos por dignidad.

—¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos tenéis salvoconducto de la policía.