—¡Canallas!—vociferó Prats fuera de sí—. Vosotros sí que estáis vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.

—Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros; porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros no habéis hecho más que vivir de ella.

—Escupe tu baba, ¡miserable!—exclamó Prats.

—El miserable eres tú—gritó el Madrileño, acercándose á su contrincante con el puño levantado.

El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron calmarlos.

—¡Imbéciles! ¡Idiotas!—murmuró el Libertario—. Saben que lo que dicen es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un hombre...

—¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?—preguntó Manuel.

—¿Para qué?—preguntó el Libertario.

—Para discutir con ellos.

—¡Quia!—replicó en tono humorístico el Madrileño—. A esos, todo lo que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.