—La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro—dijo el Libertario.
—Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela—contestó Manuel.
—Podríamos ir á verle.
—Bueno.
A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales llevaba la imprenta como una seda.
Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque convencidos de que no les habían de ceder el teatro.
Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.
Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.
Empujaron la puerta.
—¿Qué quieren ustedes?—les dijo un hombre con gorrilla.