—Preguntamos por el Aristas.

—En el otro lado.

Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el mantón con toquilla en la cabeza.

Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.

—No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! Imposible—dijo el Aristas—. Ahora, se lo diré al representante.

—Como usted quiera—dijo con indiferencia el Libertario, á quien le molestaba el aire de superioridad del Aristas.

Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba, de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.

Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.

Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.

—¿Qué bien trabaja, eh?—exclamó el Aristas sonriendo—. Gana ocho duros al día.