—¡Qué barbaridad!—murmuró el Libertario!—. ¡Cuántos de nosotros tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!
—¿Qué tiene que ver eso?—¿A usted le quitan el dinero?—preguntó el Aristas.
—Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.
—Ya se ve que no entiende usted nada de arte—dijo desdeñosamente el Aristas.
—¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de sosa para el flato.
El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos para un mitin anarquista.
—Está bien—dijo el Libertario—. Vámonos.
Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y salieron del teatro.
No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche, y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.
Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.