Juan fué al escenario.
—Ten cuidado—le dijo la Salvadora—, no te enfríes.
Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.
Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y entre éstos se sentó Juan.
Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas, entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á Manuel. Este le presentó á la Salvadora.
—¡Salud, compañera!—dijo el Libertario estrechándole la mano.
—¡Salud!—contestó ella riendo.
—La conocemos á usted mucho—añadió el Libertario—; éste y su hermano, no saben más que hablar de usted.
La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.
—Y qué, ¿vas á hablar?—le preguntó Manuel al Libertario.