—Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que no... Yo no sirvo para orador.

Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás y añadió:

—¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?

La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...

—¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué pocas hay bondad!—añadió el Libertario—. Aires solemnes, graves, tipos de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!

—Salud.

Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel y se fué.

Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo, pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los oradores.

Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!—dijo.

A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.