Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de periódicos y comenzó á hablar.

Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero relinchaban con gran maestría.

Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo el mundo un suspiro de alivio.

Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.

El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven de la levita.

En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos de sociología y de antropología.

En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A cada instante parecía decir á los cuitados del público:

¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta vosotros. Me he identificado con vosotros.

Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno; despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por los papanatas del público con estrepitosos aplausos.

El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien le convencen en su casa de que tiene mucho talento.