Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de latiguillo.
—Al poder de las armas—dijo—, opondremos nosotros nuestra austeridad; si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al poder destructor de la dinamita.
Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el Sancta santorum de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente de hombre no comprendido.
Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se echó á reir, encogiéndose de hombros.
Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa, tostado por el sol, con la mirada atravesada.
El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:
—¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... ¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los perros que lamen la mano del que les da de comer. (Aplausos.)
Una voz gritó:—No es verdad.
—¡Fuera ese! ¡Fuera!
—Dejadle hablar.