—Yo he conocido un verdadero obrero intelectual—siguió diciendo el orador—, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la gabina y del futraque. (Aplausos.) Era un maestro de escuela, que predicaba la idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de gallinas...
El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate.
Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo mirando al cielo.
—¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!—dijo Manuel á la Salvadora.
Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:
—No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución Social!
Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él no tenía más odio que la Biblia.
Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.
Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.
Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia del alma.