—Porque ¿qué es el alma?—preguntó él—. Pues el alma no es más que el juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema humanitario—y se miró á los brazos y á las piernas—, y si se va á ver, lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los perros, sino hasta los más insiznificantes.
Después de esta explicación materialista del alma, digna del Ecclesiastes, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé, como él lo llamó:
—Yo no sé—dijo—si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho menos (risas), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo mismo terrestre que volátil, que acuario, se necesitaba toda una señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo suyo (nuevas risas); pero si le hubiera conocido á este señor, le hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los chinches, las cucarachas y otros inseztos? ¿No hubiera sido mejor dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma de burgués (risas). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante, porque en orsequio de las señoras, que son á quienes más les pica (risas, gritos y patadas), debía haber suprimido las pulgas. Y otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire, ¿cómo vivían allí si no había aire?
—¿Y por qué no había de haber aire?—preguntó uno desde arriba.
—Si había aire, estaría viciado—contestó el hombre gordo—. Porque cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin, compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.
Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran desazón.
—A ver si se trabuca—dijo á la Salvadora.
—No lo hará bien—contestó ella, también intranquila.
Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.
—La anarquía—dijo—no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, sólo por la fuerza de la razón.