—Me las he arreglado para que me saquen.
—¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?
—¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos buenas personas.
Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.
—Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de arriba—contó el Corbata—. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión: «¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»—le preguntó. «No, señor director.» «¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me perdonará, señor director—le dijo el Ladrillero sonriendo—, pero el preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado el gorrión por tres días para que se distraiga.»
El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los presidios había tan buena gente ó más que fuera.—Un acaloro cualquiera lo puede tener—terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.
Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en la cárcel y le tomó bajo su protección.
El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas pasiones.
—He vivido en una casa de zorras—le dijo á Juan riendo—, hasta que se murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una mujer me faltó y la dí una puñalá. Ahora estoy aquí porque me tengo que ocultar.
Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer tagala con el objeto de explotarla.