Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por aquellos descampados.
Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.
El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.
Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.
Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la garrota, gritaba varias veces el santo del día.
El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:
—Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy—y desde entonces le llamaba Santa Tecla.
—¡Qué hermoso!—pensaba Juan—sería sacar á estos hombres de las tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...
Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe le escuchaba.
Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo: