Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho con dignidad.

—Pues sí, pues sí—chilló la vieja—, mañana va otro ciego cualquiera al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.

—¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?

—¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no dan nada?

—A que sí.

—¿Cuánto apostamos?

—Una botella.

—Está.

—Hay que ver en qué termina la apuesta—dijo el Corbata.

Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la hierba.