Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella en la mano.

Santa Tecla sonrió.

—¿Qué?—dijo cuando se asomó la vieja—. ¿Han dado?

, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna pa el cieguecito, que mi pobre marío está mu malo y no tenemos ni pa melecinas!

—¿Y qué?

Pus ná, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí hasta su casa... y la señora ha llamao al portero y le ha dicho que me eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!

—¡Los dos reales! ¿Pero tú te has figurao que á mí me la das? Lo que te voy á dar es un estacazo por liosa.

—No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que digo.

—Bueno, trae la botella—y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y comenzó á beber y á murmurar.

—¡Desagradecías, más que desagradecías!