—¿Ves?—gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina—. ¿Ves lo que son?
—¡Desagradecías!—gruñía el viejo.
—Pero oiga usted, compadre—le preguntó el Corbata en tono de chunga—. ¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?
—¿Y te parece poco?—replicó el mendigo componiendo el semblante.
—A mí muy poco.
—Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa—refunfuñó el viejo con la barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano, murmuraba entre dientes cabeceando:
—Son unas desagradecías. ¡Para que haga uno por ellas nada!
Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era domingo y quería divertirse el mozo.
—No tengo más que unos céntimos—dijo ella.
—Te los habrás gastado.