Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en donde les presentaría unos compañeros.

—¿Iremos?—le preguntó el Libertario á Juan.

—Por qué no.

Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.

Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez desagradable.

Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran corbata azul y un chaleco claro rameado.

—Pasemos á mi despacho—dijo—. Les presentaré á mis amigos.

Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.

El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. En el fondo había una chimenea encendida.

—Sentémonos por aquí, al lado del fuego—dijo el anfitrión.