Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y acercó una mesita de te con tazas y pastas.

Sirvió el criado á unos te á otros café.

El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado les preguntó:

—¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?

—Me es igual.

Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel d’Annunzzio y de otra porción de cosas.

Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó en la butaca y dijo:

—Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una gran independencia de criterio y que representara las tendencias más avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?

El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de la necesidad de la renovación.

—Yo quisiera saber—prosiguió—si ustedes podrían llegar á un acuerdo para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría yo.