—Nosotros somos anarquistas—dijo el Libertario—, y cada uno de nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual sociedad.
Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.
—Pero eso es muy vago—dijo con cierto aire displicente un joven acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.
—¿Vago? Yo no veo la vaguedad—replicó con rudeza el Libertario—. Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.
—Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes—indicó el gomoso, y añadió dirigiéndose al anfitrión—; porque hay el nihilismo filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...
—Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro—dijo sonriendo el Libertario.
—¿Un sentimiento puramente de destrucción?
—Eso es, puramente de destrucción.
—Yo estoy con estos señores—saltó un joven de barba y anteojos, de aspecto ensimismado y hablar meloso—; creo que hay que destruir mucho, disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.
—Hay que construir—interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.