—¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para resistir todas las ideas, aun las más disolventes?
—Había que discutir eso.
—Discutir, ¿para qué?—repuso el de las barbas—. Es una convicción que yo tengo y de la que usted no participa.
—¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.
—Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes á inmovilizarlas.
—Las ideas están ya transformadas—replicó el gomoso.
—Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal verdadero en toda España.
—¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que usted desea?
—El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta, porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena, ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted—dijo al oficial—que mata en la guerra.
—Yo—saltó el oficial—hago una diferencia entre el militar y el guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.