—Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de los funcionarios, yo creo que se hunde—siguió diciendo el de las barbas.

—¡Bah!

—Es mi opinión—y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy ensimismado.

—Yo—dijo el oficial á Juan—encuentro muy simpáticas las ideas de ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.

—No—repuso Juan—; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á exterminarse unos á otros.

—Yo lo que quisiera saber—dijo el joven sociólogo—, quiénes son los que van á hacer esa revolución.

—¿Quiénes?—contestó el Libertario—, los desarrapados, los que viven mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y la revolución estaba hecha.

—Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir—exclamó el oficial—; pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el ejército.

El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y anarquista.

El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie. Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías: arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la anarquía le parecía despreciable.